
Filtración sanitaria en la industria: cómo demostrar que cada lote es seguro
Filtración sanitaria en planta: qué exige la normativa (test de integridad, SIP, trazabilidad) y cómo demostrarlo lote a lote. Guía técnica de PSF.
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Bodegas · Control microbiológico
El Brettanomyces es la levadura de alteración que más preocupa en vino tinto de crianza: transforma ácidos del propio vino en fenoles volátiles que, a partir de unos pocos cientos de microgramos por litro, se perciben como cuero, establo o venda adhesiva y tapan la fruta. Se instala tarde, crece despacio y, precisamente por eso, suele descubrirse cuando ya está en la botella.
Se puede anticipar en tres frentes: vigilar dónde sobrevive en la bodega, detectarlo con un método que dé tiempo a reaccionar, y cerrar el proceso con una filtración final que lo retenga antes del embotellado. En PSF, como distribuidores autorizados de Sartorius, suministramos tanto los fungibles de laboratorio para la detección como los cartuchos de filtración final para esa última barrera, así que este artículo recorre las tres partes con la documentación técnica que manejamos cada día.
El Brettanomyces bruxellensis, también llamado simplemente «Brett», transforma los ácidos hidroxicinámicos del vino en fenoles volátiles. Los tres que más pesan en el defecto son el 4-etilfenol, el 4-etilguayacol y el 4-etilcatecol, y cada uno aporta un matiz distinto: el primero recuerda a cuero y establo, el segundo a ahumado y especiado, y el tercero a notas animales y de sudor [3].
La concentración a la que un catador medio empieza a notarlos varía según el vino base y según qué otros compuestos lleve mezclados, así que conviene tomar estas cifras como orientativas y no como un límite fijo para cualquier vino [3]:
| Compuesto | Umbral orientativo de percepción | Lo que aporta al vino |
|---|---|---|
| 4-etilfenol (4-EP) | Entre ~370 y ~605 µg/L según el vino | Cuero, establo |
| 4-etilguayacol (4-EG) | Entre ~110 y ~373 µg/L según el vino | Ahumado, especiado |
| 4-etilcatecol (4-EC) | Desde ~770 µg/L según el vino | Notas animales, sudor |
Son concentraciones bajísimas: unas pocas décimas de miligramo por litro ya bastan para que un vino que, sobre el papel, está bien hecho, pierda la fruta en nariz. Y el problema rara vez se limita a un depósito: si el foco no se localiza, se traslada de una partida a la siguiente con cada trasiego o cada vez que se reutiliza el mismo equipo sin un control intermedio.
El propio Código de la OIV dedica su revisión más reciente sobre esta levadura casi por completo a la limpieza de barricas y equipos, lo que ya dice algo: donde se concentra el riesgo real no es tanto el depósito de acero, de superficie lisa y fácil de limpiar, sino la madera y cualquier tramo de la instalación (juntas, válvulas, mangueras) que sea difícil de alcanzar con un ciclo de limpieza normal [1].
La razón de fondo es la que ya se ha dicho: el Brettanomyces crece despacio pero resiste bien el etanol, así que sobrevive en huecos y en la porosidad de la madera mientras el resto de la microbiota ya se ha retirado con la limpieza habitual. De ahí que el documento de la OIV insista en que las medidas preventivas (programar la limpieza de barricas y equipos antes de que aparezca un problema, no después) rinden más que cualquier tratamiento curativo una vez que la levadura ya está instalada [1].

El Brettanomyces puede aparecer en cualquier vino, pero algunas situaciones lo favorecen. En tintos, el Australian Wine Research Institute señala como factores de riesgo el azúcar residual, las fermentaciones lentas o atascadas y, sobre todo, los vinos que pasan largos periodos sin sulfitar con una fermentación maloláctica lenta [3]. La OIV, por su parte, considera la crianza en barrica el periodo más sensible, y más aún si las barricas son nuevas [1].
Los blancos tampoco se libran. El mismo instituto indica que el Chardonnay es la variedad blanca afectada con más frecuencia, y que el Riesling y los vinos base de espumoso también han presentado el defecto, aunque de forma ocasional. Un blanco que se deja expuesto al oxígeno o con poco SO2 corre más riesgo, y lo mismo ocurre con los vinos «naturales» elaborados sin SO2 o con muy poco. La crianza sobre lías y la maceración con hollejos, además, pueden extraer más precursores de fenoles volátiles [3].
El perfil del defecto también cambia con la variedad, porque cada una genera una proporción distinta de 4-etilfenol y 4-etilguayacol: el AWRI da 3:1 para Pinot Noir, 9:1 para Cabernet Sauvignon y Nebbiolo, y 23:1 para Shiraz [3]. Según cuál de los dos domine, el vino se inclina hacia el cuero y el establo (4-etilfenol) o hacia el ahumado y las especias (4-etilguayacol).
El cultivo en medio selectivo sigue siendo el método de referencia en muchos laboratorios de bodega, pero por el crecimiento lento característico de esta levadura tarda más en dar un resultado que las técnicas moleculares [1]. Dos alternativas han ganado terreno en los últimos años:
Para el cultivo clásico, en PSF suministramos los medios de cultivo Biosart Media de Sartorius, pensados para el análisis microbiológico de bebidas, junto con el resto de fungibles para microbiología que hacen falta para montar ese control en el propio laboratorio de la bodega.

Un análisis hecho una sola vez sirve de poco. La OIV recomienda análisis frecuentes y que se repitan durante toda la crianza, con cata y análisis microbiológico completo, incluido el recuento específico de Brettanomyces y/o el análisis de fenoles volátiles [1]. Ni la OIV ni el AWRI fijan una periodicidad en días o en meses, así que el calendario conviene acordarlo con el enólogo según cada vino.
| Momento | Qué comprobar |
|---|---|
| Latencia antes de la fermentación maloláctica | Vigilar la población de Brettanomyces [1] |
| Durante la crianza | Repetir cata y análisis microbiológico, y seguir la relación SO2 libre/total [1] [3] |
| Con microoxigenación | Comprobar la ausencia de Brettanomyces con análisis adecuados [1] |
| Antes del envasado | Hacer una comprobación analítica antes de la operación [1] |
| Barricas ya tratadas | Marcarlas y vigilarlas con cuidado la próxima vez que se usen [3] |
Conviene saber qué ve y qué no ve cada control. Según el AWRI, medir el 4-etilfenol de forma rutinaria es caro y solo avisa cuando el problema ya existe, mientras que una bajada del SO2 libre durante la crianza sí es una señal temprana de actividad microbiana [3]. Además, la OIV advierte de que las células viables pero no cultivables no se detectan con los análisis de rutina y exigen qPCR o citometría de flujo [1].
Un detalle práctico: al tomar muestras hay que evitar las contaminaciones cruzadas, y el vino que se usa para rellenar no debe estar contaminado [1]. De poco sirve un análisis fiable si la muestra o el relleno son el vehículo del problema.
El SO2 sigue siendo la primera barrera. Hace falta una concentración de SO2 molecular de 0,6 mg/L para frenar el crecimiento del Brettanomyces, y esa cifra se alcanza mejor con una única adición grande después de la fermentación maloláctica que con varias pequeñas [3].
En vinos de pH 3,6 o inferior, una adición de unos 80 mg/L de SO2 libre suele bastar para llegar a esos 0,6 mg/L de SO2 molecular. Por encima de ese pH hace falta más SO2 libre para el mismo efecto, porque cuanto más alto es el pH, menor es la fracción de SO2 que queda en su forma molecular activa, la que realmente frena el crecimiento [3].
Una referencia rápida para la relación libre/total: lo ideal es que el SO2 libre sea entre un tercio y la mitad del total (proporciones de 1:2 o 1:3, por ejemplo 30:60 o 30:90). Si esa relación se dispara hasta 1:5, es señal de que algo está fijando el SO2 y conviene revisar el vino antes de confiar en la cifra de SO2 libre que marca el análisis [3].
El Código de la OIV recoge varios tratamientos con su condición de aplicación, y conviene elegir según el equipo y el momento de la campaña [1]:
| Tratamiento | Condiciones | Efecto registrado |
|---|---|---|
| Vapor a baja presión | Enjuague en frío, enjuague en caliente a 70 °C y vapor a baja presión durante 10 min | Reduce el Brettanomyces viable en la barrica |
| Inmersión en agua caliente | 60 °C durante 19 minutos | Reducción logarítmica de 8 unidades |
| SO2 gaseoso | Mínimo 5 g por barril, vacío y seco | Desinfección de la barrica entre usos |
| Ozono + agua caliente | 82 °C durante 20 minutos | Efecto combinado de sanitización |
| Ultrasonidos | Aplicación directa sobre la madera | Elimina más del 90 % del Brettanomyces viable hasta 2-4 mm de profundidad en la duela |
Para equipos y superficies que no son de madera (depósitos, mangueras, bombas de trasiego) no hace falta una cifra distinta: como ya se ha dicho, el acero liso se desinfecta bien con los ciclos de limpieza habituales de la bodega, sin la porosidad que exige los tratamientos específicos de la tabla anterior.
Aunque el proceso se haya llevado bien, la comprobación final antes de la línea de embotellado es la filtración. Para retener levaduras y mohos, incluido el Brettanomyces, el tamaño de poro recomendado está entre 0,65 y 0,8 µm; si además preocupan las bacterias, hay que bajar a 0,45 µm [5].
Ya hemos explicado con detalle, en filtración de vino antes del embotellado y en qué micraje elegir en un filtro absoluto, cómo se llega a esa decisión según lo que tiene que quedarse en el filtro. Para esta levadura en concreto, trabajamos con los cartuchos Vinosart PS de Sartorius, en 0,45 y 0,65 µm, pensados justamente para la filtración final de vinos y espumosos.
La filtración retira las células, pero no es la única puerta de entrada. La OIV recoge la esterilización por filtración de membrana de 0,45 a 0,65 µm, seguida de envasado estéril, y menciona también la filtración de flujo cruzado [1]. Sartorius da un rango algo distinto, de 0,65 a 0,8 µm, cuando solo se quieren retener levaduras [5]. La diferencia depende de qué se quiera retener, y por eso conviene fijar el micraje con ese objetivo claro.
Hay tres matices que se pasan por alto con facilidad:
Por eso la filtración final funciona mejor como una pieza más del cierre del proceso, junto con la higiene de la línea y el control analítico previo, que como un sustituto de ellos.
El orden importa más que la urgencia. Antes de decidir un tratamiento, conviene seguir una secuencia corta:
La OIV lo dice de forma explícita: lo preventivo rinde más que lo curativo. Una vez que el Brettanomyces se ha instalado en la madera o en un tramo de la instalación, cada campaña siguiente vuelve a depender de la misma rutina de limpieza [1].
No vendemos filtros ni fungibles de laboratorio por separado: ayudamos a que cada etapa, desde la detección hasta la botella, quede cerrada con el material adecuado. Si todavía no tiene montado un control microbiológico propio en bodega, revisamos con usted qué fungibles necesita; si ya lo tiene y quiere añadir la barrera de filtración final, le ayudamos a elegir entre 0,45 y 0,65 µm según lo que le preocupe retener. Toda la documentación de lo que distribuimos, con sus fichas técnicas, está en nuestra página de distribuidor autorizado de Sartorius.
Cuéntenos en qué punto de la bodega sospecha que puede estar instalado y qué control tiene montado hoy, y le proponemos la combinación de detección y filtración que encaja con su proceso.
Hablar con un técnicoEs un género de levadura, sobre todo la especie Brettanomyces bruxellensis o «Brett», que puede sobrevivir y crecer en el vino incluso después de que arranque la fermentación, porque resiste bien el etanol. El problema no es la levadura en sí, sino los fenoles volátiles que produce.
Brettanomyces bruxellensis, a veces citada también como Dekkera bruxellensis en estudios más antiguos. En bodega se la nombra simplemente «Brett».
Los tres compuestos que más pesan son el 4-etilfenol (cuero, establo), el 4-etilguayacol (ahumado, especiado) y el 4-etilcatecol (notas animales, sudor). Se perciben a concentraciones muy bajas, de unos cientos de microgramos por litro.
En vinos con pH 3,6 o inferior, una adición de unos 80 mg/L de SO2 libre suele bastar para alcanzar los 0,6 mg/L de SO2 molecular que frenan su crecimiento. Con pH más alto hace falta más SO2 libre para el mismo efecto.
La qPCR es el método oficial de la OIV y da el resultado en unidades genéticas por mililitro. La PCR digital, usada por algunos laboratorios españoles, es hasta 100 veces más sensible que la qPCR y no necesita una fase previa de enriquecimiento del cultivo.
Entre 0,65 y 0,8 µm basta para retener levaduras como el Brettanomyces. Si además preocupan las bacterias, conviene bajar a 0,45 µm.
Prevenir. El propio Código de la OIV señala que las medidas preventivas de limpieza, aplicadas antes de que aparezca el problema, rinden más que cualquier tratamiento curativo una vez que el Brettanomyces ya está instalado en la madera.
Ni la OIV ni el AWRI fijan una periodicidad concreta. La OIV recomienda análisis frecuentes, repetidos durante toda la crianza, y una comprobación analítica antes del envasado. Conviene acordar el calendario con el enólogo según el vino.
Los que pasan largos periodos sin sulfitar, sobre todo con fermentación maloláctica lenta; los tintos con azúcar residual o fermentaciones atascadas; los vinos criados en barrica, más aún si es nueva; y los vinos naturales con poco o nada de SO2. Entre los blancos, el Chardonnay es la variedad más afectada, según el AWRI.
No. La filtración retira las células, pero el Brettanomyces también puede llegar por los equipos de embotellado, como unos cabezales de llenadora contaminados, y el oxígeno disuelto en trasiegos y embotellado favorece su multiplicación. Un vino embotellado sin filtrar con muy pocas células viables puede dar botellas con Brett y botellas sin él.

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